lunes, 26 de enero de 2009

Gutav Meyrink - El Golem

La luz de la luna llena cae a los pies de mi cama como una piedra grande, lisa y blanca. Cuando el disco empieza a encogerse y su lado derecho se consume - como una cara que al envejezcer muestra las arrugas y adelganza primero de un lado - es entonces, a esa hora de la noche, que se apodera de mí una congoja sombría y angustiosa.

Ni dormido ni despierto, me deslizo en una suerte de sueño en el que lo vivido se mezcla con lo leído y escuchado. Antes de acostarme había leído algo sobre la vida de Buddha Gotama y sin cesar esas pocas frases pasaban una y otra vez por mi cabeza, idénticas y fluctuantes:

"Una corneja voló hacia una piedra que parecía un trozo de grasa y pensó: Quizás haya aquí un buen bocado. Pero como la corneja no encontró nada apetitoso, se fue volando. Del mismo modo que la corneja que se había acercado a la piedra, nosotros -los que buscamos- abandonamos al asceta Gotama, porque hemos perdido el placer que hallábamos en él."

Y la imagen de la piedra parecida a un trozo de grasa crece monstruosamente en mi mente:

Atravieso el lecho seco de un río y recojo piedras pulidas de color gris-azulado, cubiertos de polvo brillante, que no alcanzo a explicarme a pesar de que me estrujo la cabeza con gran esfuerzo- y después otros negros con manchas amarillas de azufre, como petrificados intentos de un niño por imitar unas salamandras toscamente moteadas.

Quiero arrojar esas piedras lejos de mí, pero una y otra vez se me caen de las manos, y no puedo apartarlas de mi vista.

Aparecen a mi alrededor todas las piedras que han jugado un papel en mi vida. Algunas se esfuerzan penosamente por separase de la arena y llegar a la luz, como grandes cangrejos grises a la hora en que sube la marea; se diría que hacen todo lo posible en atraer mi atención hacia ellos y decirme cosas de importancia infinita. Otros, agotados, vuelven a caer, sin fuerzas, en sus agujeros y abandonan la esperanza de proferir jamás una palabra.

A veces emerjo de la penumbra de estos ensueños y veo de nuevo, por un instante, la luz de la luna llena sobre el borde plegado de mi manta, pesada y redonda como una piedra grande para volver a partir ciegamente en la búsqueda vacilante de mi conciencia que se desvanece, buscando sin descanso la piedra que me atormenta - que debe estar oculta en alguna parte bajo los escombros de mis recuerdos y que se asemeja a un trozo de grasa.

No lo consigo. En mi interior, con una obstinación imbécil, una voz extraña repite en mi - incansable como un postigo que el viento golpeara contra las paredes a intervalos regulares -: no era esa, que ésta no es en absoluto la piedra que parece grasa.

Y no hay forma de librarme de la voz. Cuando, por centésima vez, objeto que todo esto es secundario calla entonces por un momento, pero luego, imperceptiblmente, va despertando para volver obstinadamente a comenzar: si, bueno, está bien, pero no es la piedra que parece un pedazo de grasa.

Entonces, lentamente, empieza a apoderarse de mí una insoportable sensación de impotencia.

No sé lo que ha pasado después. ¿He abandonado voluntariamente la lucha, o ellos, mis pensamientos, me han subyugado y dominado? Sólo sé que mi cuerpo yace dormido en la cama y que mis sentidos se han separado y ya nada los une a él.

De pronto quiero preguntar quién es "Yo"; y es entonces cuando me acuerdo de que ya no poseo órgano alguno con el que formular preguntas, y temo que esa tonta voz vuelve a despertar y comience desde el principio el eterno interrogatorio sobre la piedra y la grasa.

Es entonces cuando me doy vuelta.

4 comentarios:

Alma dijo...

Es maravilloso, absolutamente maravilloso lo que hace Meyrink con la figura del Golem... ya no es un "monstruo" exterior, un "otro", sino que lo convierte en pura subjetividad... está dentro nuestro, nos hace cuestionar acerca de quiénes somos, juega fantasmagóricamente con nuestra memoria, con nuestros recuerdos más perturbadores... Cuanto más leo el fragmento que elegiste,me siento más "desesperada" , atrapada en el borde que separa el sueño de la razón... Maravilloso, repito. me recuerda a esa canción que una vez te comenté "Bicho de siete cabezas" del brasileño Geraldo Azavedo, cantada por Zeca baleiro. De paso, la recomiendo para quienes quieran escucharla.
Un agradeciemiento, como siempre...
Dos Gustav impresionantes, atravesando la misma época, Meyrink y Mahler...

Anónimo dijo...

En la búsqueda del YO, nos olvidamos muchas veces de salir de nuestro egocentrismo y empezar a madurar buscando el ELLO.

insomnie dijo...

Amigo Raúl, este Golem de Meyrink lo lei y relei tantas veces, es para mi parte de mi educacion "sentimental".
No me sorprende que lo conoces vos tambien, a veces me parece que nos encontramos en un tal sueño, es un sentimiento espacial muy raro ...

Raúl dijo...

Gracias por todos los comentarios! Que lindo eso de "encontrarse en sueños"... incontrolable, azaroso y mágico.