lunes, 5 de abril de 2010

Mejor no aclares

Hay ciertos libros que, por supuesto sin que tengamos la más remota idea, dejan en nosotros huellas profundas. No sólo por el placer o emoción que nos produjo al leerlo sino también porque más de una vez lo recordamos en distintos momentos de nuestras vidas. Lo mismo pasa con algunas películas y, ¿porqué no?, con algunas obras musicales también. Es más: a veces hay algo en estas obras que terminan de definir nuestra vocación. Jorge Luis Borges decía que él se consideraba afortunado no por los libros que había escrito sino por los libros que pudo leer. En la misma línea, Samuel Beckenbauer comentaba en una entrevista que él se hubiera dedicado a la música de no haber sido por la lectura de Dostoievsky en su adolescencia. Por supuesto, y lamentablemente, son pocas las obras que nos producen esta emoción profunda.

Volviendo a Borges, hay un texto publicado en una Revista "Crisis" del año 1986, que dice: "Si sentimos placer, si sentimos emoción al leer un texto, ese texto es poético. Si no lo sentimos, es inútil que nos hagan notar que las rimas son nuevas, que las metáforas han sido inventadas por el autor o que responden a una corriente tal. Nada de eso sirve. Primero debemos sentir la emoción, después de tratar de explicar o de comprender ese texto. "

Beckenbauer también dice lo mismo pero en sentido contrario, y refiriéndose a la música: "De nada sirve que me intenten explicar los innovadores y sesudos procedimientos constructivos de Pierre Boulez en Le Marteau Sans Maitre por poner un ejemplo. Cuando la escucho me aburro y apenas puedo llegar al final sin distraerme y pensar en algo más atractivo. ¿Porqué en vez de hacer música que nos emocione hasta las lagrimas, hay ciertos músicos que ponen todas sus energías en querer explicar y justificar sus obras?"

Terrible y temible pregunta la de Samuel. ¿Será por eso, entre otras muchas preguntas similares que disparaba, que sus libros fueron prácticamente olvidados excepto por un reducido grupo de fanáticos entre los que me encuentro? De todas formas hay que reconocer que algo de razón tiene. ¿De donde viene esa necesidad de querer explicar con palabras algo que sólo hay que escuchar?

Te cuento una anécdota. Hace poco hablaba con una colega compositora y me decía que para ella el mejor músico de todos los tiempos fue Bach. Y cómo estábamos saliendo de un aburridísmo concierto en donde encima nos bombardearon con notas de programas y explicaciones de los compositores, le pregunté, no sin cierta malicia "¿adonde están los textos de Bach explicando sus obras? ¿adonde están las notas de programas de Bach?" Ella sólo sonrió en silencio, por lo que me entusiasmé y seguí: "No tenía tiempo para eso. Estaba ocupado haciendo música" "Y veintidós hijos" agregó con una pícara sonrisa difícil de olvidar.

A Beckenbauer tampoco le gustaba este tema de las notas de programa. Recuerdo una provocadora conferencia suya en la Facultad de Arquitectura donde dijo, entre otras cosas: "¿Acaso cuando vamos a ver una película leemos un texto explicativo del autor?" Alguien del público quiso sacarlo de tema acotando "Es mucho peor en el caso del cine, Don Samuel. Mucha gente lee antes lo que dicen los críticos." Pero él siguió inmutable: "No voy a eso. Tampoco leemos las notas de programa de las muestras de pintura o lo que quiso hacer el autor de tal libro. Nos metemos de lleno. Basta de tanto palabrerio interesante" La palabra interesante la pronunció con evidente ironía.

Vuelvo a Borges, en la misma nota: "Yo diría más bien que la poesía es algo cuyo instrumento son las palabras, pero que las palabras no son la materia de la poesía. La materia de la poesía -si es lícito que usemos esa metáfora- vendría a ser la emoción".

¿Y la de la música? ¿Cual es la materia de la música? ¿El sonido o las palabras que hablan del sonido? ¿Y la emoción? ¿No es parte de la música? Cuantas preguntas...casi sin respuesta. O quizás no, quizás tengan una respuesta muy muy simple. Pero sin palabras. Y en ausencia de palabras, lo mejor es que suene la música. Dejemos que ella explique todo lo que no podemos poner en palabras. Dejemos que se explique a si misma. El tema es exactamente al revés.

Por supuesto si con eso no alcanza, siempre es mejor el silencio. Que tanto lo necesitamos.

4 comentarios:

Ricardo de Armas dijo...

Me gusta leer las notas de programa en un concierto, soy de los que buscan en la red info, críticas y sinópsis de una peli antes de ir al cine, y también leo la tapa de atrás de un libro para saber de que se trata. A mí me sirve, y lo mejor de todo es que... igual me emociono.

Raúl dijo...

Quizás no fui del todo claro en esta compilación... El tema no es solamente si te sirve a vos o a cualquiera como público, sino cierta exigencia hacia los compositores de explicar con palabras lo que hacen/hacemos. Es más: a veces esa explicación tiene más valor que la obra en si. Y entre tanto intento explicativo, entre otras cosas, muchas veces la música se aleja del público. Bahía In sonora es un claro ejemplo de la situación opuesta. No se si soy más claro ahora. Seguro que no!!

Fabián Beltramino (1970) dijo...

Este tipo de argumentos críticos hacia la necesidad del arte contempráneo de explicar con palabras su hacer pone en evidencia que si de algo sirve el arte desde las vanguardias para acá, con su imperativo de verbalización, de manifestación de intenciones y operatorias, es para desnudar la "naturalización" operada por los dispositivos del arte tradicional (léase la tonalidad en la música o el figurativismo en la pintura); por otro lado, la crítica hacia la sustitución del puro efecto emotivo por la intelectualización evidencia otro logro del arte contemporáneo: el de desnudar que lo emotivo y lo afectivo también tienen que ver con aprendizajes e instrucciones que se "incorporan" a través de distintos canales culturales, muchos de ellos no conscientes, y aparecen como lo "natural" frente a lo artificioso de lo que se le opone.

Raúl dijo...

Estoy de acuerdo en todo. Fabián Por supuesto que lo emotivo y lo afectivo tienen que ver con aprendizajes. Y más en esta sociedad mediática donde se busca des-aprender lo socialmente adquirido. Ahora, da la impresión, por muchas obras del repertorio contemporáneo o electroacústico, que la sola verbalización, inclusive de un determinado procedimiento tecnológico, es de por si sólo suficiente. No importa que pasa con la obra o que nos pasa con ella. Es notorio que, aunque nos vayamos de tema, la excesiva verbalización no puede ocultar una gran carencia discursiva en muchas obras. Me parece bárbaro charlar de estos temas. Gracias por los aportes.